viernes, 22 de marzo de 2019

Acrónimos de realidades



    No juegues con los sentimientos ajenos decían las personas para sonar sabias y reflexivas, te pasará lo mismo si continuas haciendo lo mismo,  continuaban esos argumentos, "karma" lo llaman unos, castigo divino le dicen otros, lo cierto es; que por muy trilladas que suenen esas frases, no son más que: "La ley del viejo Oeste".

    Según esas reflexiones populares yo debería haber muerto hace rato, por todo lo malo que he hecho, pero lo cierto (para decepción de otros) es que sigo aquí, "vivito y coleando". La vida, por muy apreciada y sobrevalorada que esté, es una PERRA MALDITA que no tiene clemencia con nadie, el mundo está lleno de personas que no saben que hacer, porque nadie nos dijo nunca para que servimos las personas.

    La única diferencia que veo entre una persona u otra, es si es buena o mala, pero ¿Quién soy yo para juzgar? Yo no se para que están hecho los humanos y si alguien sabe por favor, hágamelo saber de manera inmediata.

    Según yo, el concepto de bien o mal es empírico; tu considerarás si las acciones de una persona son buenas o malas, de acuerdo a como te afecten a ti dichas acciones, pero de manera muy humana aceptamos cuando dichas acciones afectan de mala manera a alguien más, pero si nos complacen a nosotros, no nos molesta, porque así somos y así seremos.

    Vayámonos al diablo todos y dejemos de pensar que debemos hacer el bien y no mirar a quien, tal vez lo que necesitamos es dejar de pensar tanto y actuar por instinto y si por bien o por mal ese instinto acaba con nosotros, al menos terminaríamos de manera natural, por un acto de nuestra propia naturaleza y no por un pensamiento implantado por una sociedad nefasta que tal vez, solo tal vez, necesita ser exterminada de una buena vez por todas.

Christian Mercury.

domingo, 10 de febrero de 2019

Carla



    Carla estaba fúrica. Carla y su pelo azul. Eduardo escuchaba desde la sala como sonaba el estallido de platos, puertas de gabinete y cubiertos en la cocina. 

    En otro momento, quizás dos años antes, se hubiese levantado del sofá tras fumarse un cigarrillo y se le habría acercado por detrás para abrazarla y pedirle perdón por la pelea estúpida que acababan de tener, pero no fue eso lo que ocurrió esta vez, sí, se fumó un cigarrillo, pero después de ese vino otro y luego otro y cuando se había fumado cinco olió el incomparable aroma de la sazón de su novia, ese que tanto le gustaba y se preguntó si a estas alturas importaba que cuando la cama los reencontrara, más tarde en la noche, le decía que aceptaba la culpa por la discusión, sólo porque tres años amando a alguien no se manda a la mierda tan fácil.

    A Carla, Eduardo no había tenido que aprender a quererla. Desde que habló con ella la primera vez sabía que no tenía más opción. Estaban borrachos en unos de esos eventos de rock donde saludas a todo el mundo, pero no conoces a nadie. Ella dijo algo, él le respondió y terminaron hablando hasta que el sol salió. Dos días después se hicieron inseparables. Podían pasar todo el día hablando y toda la noche fornicando en el estudio de Eduardo, en las escaleras de su casa, en cualquier sitio donde los atrapara el deseo si no encontraban una habitación de hotel. Se mudaron a vivir juntos tan rápido que quienes los conocían casi ni se dieron cuenta de cuando. Aunque en realidad pasaban tanto tiempo acompañándose que era difícil no creer que vivían juntos desde siempre.

    Eso ocurrió el primer año. El de los viajes a la playa y en el que aunque querían adoptar un gato terminaron comprándose un carro, el año cuando Eduardo dejó de ser drogadicto y consideró incluso la idea de ser padre. El de las promesas hechas y los portarretratos nuevos.

    Luego vino el segundo año. El más difícil. Ese donde Eduardo perdió su trabajo como fotógrafo de eventos para una revista de reseña musical y pasaba el tiempo amargado matando tigres para vivir, porque si hay algo que Eduardo tenía eso era el empeño de darle a Carla todo lo que le pidiera., lo que no tuvo fue suerte.

    El tercer año hubiese sido casi como el segundo de no ser, porque Carla se acostó con otro. Eduardo ni siquiera descubrió el engaño.

    En una de esas peleas que empiezan con cualquier cosa y terminan sin que nadie se de cuenta, ella se lo confesó, así sin más, tal vez por el puro placer de hacerle daño. El se le había quedado mirando, sin gritarle, sin tocarla, sin decir nada. Como cuando se rompe algo y prefieres quedarte viendo los pedazos a tener que recogerlos y botarlos en el bote de basura.

    Carla y su pelo azul se fueron en la mañana siguiente. Eduardo durante una semana consideró la idea de salir a matarla y luego matarse él. No tuvo tiempo de tomar la decisión. Carla volvió veintiún días después. Eduardo estaba dormido en el sofá, borracho, desnudo y con las cortinas cerradas y ella abrió la puerta, lo vio, se quitó la ropa y se lo tiró.

    Entre los dos se planeo el acuerdo tácito de no volver hablar al respecto. Volvieron a salir, tanto como salían antes. Y a sonreír. Él le tomó todas las fotos que pudo. Seguían sin dinero y sin suerte, pero estaban juntos, porque juntos era que tenían que estar. Hablando siempre y tirando de vez en cuando.

    Cuando Eduardo apagó el quinto cigarrillo, Carla salió de la cocina don dos platos de pollo frito, puré de papas y una jarra de limonada. Comieron sin decir palabra, viendo los Simpsons en tv. Tras unas cuantas estupideces de Homero se sorprendieron muertos de la risa. Un segundo después estaban abrazados de nuevo en el sofá. Carla y su pelo azul Eduardo con su barba de dos días, pensando de más en quien aguantaría menos, como esos pobres locos que se quedan viendo un portarretratos que saben que está roto y no se arriesgan a recoger los pedazos.

Christian Mercury

Te odio.




    No te odio por ser tú, 
te odio por ser lo que no eres, 
te odio por querer pretender ser algo, 
solo para complacerme.


    Odio cuando que no quieres hacer lo que yo digo, 
pero te odio más cuando lo haces por querer estar conmigo.


    Odio en que insistas preguntar si pasa algo, 
y también odio con locura 
que no te sigas esforzando.


    Odiarte, odiarnos, odiarme. 
Odio tener que odiar, 
es un trabajo donde no hay gratitud. 
Odio más aún saber 
que es una forma de esclavitud.


    Odio a los que pelean, 
odio a los que se llevan bien, 
odio cuando me dices que no me dejo querer.


    Odio infinitamente que me hayas dejado quererte,
 odio cuando no estás, 
odio cuando estás presente.


    Seguiré odiándote irremediablemente;  
como amo tener que odiarte, 
es mi manera insana de eternamente recordarte.


    Dicen que del odio al  amor hay una línea muy delgada, 
odio tener que pensar que es cierto, 
pues ya esa línea está cruzada.


    Destruí todo en lo que alguna vez creí, 
porque ya no creo en nada, 
solo quiero odiarte a ti.


    Lloro al sentir tanto odio, 
pero más odio llorar, 
así que seguiré odiando 
la inexorable realidad.


    Realidad que niego, porque no puedo aceptar, 
que en lugar de haber amado 
he elegido siempre odiar, 
odiar por no aceptar, 
que alguna vez he sufrido, 
que me han querido y tenido 
y no han podido conmigo.


    Siempre odiaré lo que dejaste en mí, 
y no he podido resistir,  
que alguna vez estando juntos, 
tuvimos algo muy en serio, 
pero dejamos, más no olvidamos, 
que alguna vez en el pasado, 
nos dijimos un te amo.


Cristian Mercury.


Vivo en mi novela favorita

Nos vendieron la globalización como si fuera YouTube para el progreso, pero la globalización no nos hizo más libres,  Nos hizo más observabl...