Carla estaba fúrica. Carla y su pelo azul. Eduardo escuchaba desde la sala como sonaba el estallido de platos, puertas de gabinete y cubiertos en la cocina.
En otro momento, quizás dos años antes, se hubiese levantado del sofá tras fumarse un cigarrillo y se le habría acercado por detrás para abrazarla y pedirle perdón por la pelea estúpida que acababan de tener, pero no fue eso lo que ocurrió esta vez, sí, se fumó un cigarrillo, pero después de ese vino otro y luego otro y cuando se había fumado cinco olió el incomparable aroma de la sazón de su novia, ese que tanto le gustaba y se preguntó si a estas alturas importaba que cuando la cama los reencontrara, más tarde en la noche, le decía que aceptaba la culpa por la discusión, sólo porque tres años amando a alguien no se manda a la mierda tan fácil.
A Carla, Eduardo no había tenido que aprender a quererla. Desde que habló con ella la primera vez sabía que no tenía más opción. Estaban borrachos en unos de esos eventos de rock donde saludas a todo el mundo, pero no conoces a nadie. Ella dijo algo, él le respondió y terminaron hablando hasta que el sol salió. Dos días después se hicieron inseparables. Podían pasar todo el día hablando y toda la noche fornicando en el estudio de Eduardo, en las escaleras de su casa, en cualquier sitio donde los atrapara el deseo si no encontraban una habitación de hotel. Se mudaron a vivir juntos tan rápido que quienes los conocían casi ni se dieron cuenta de cuando. Aunque en realidad pasaban tanto tiempo acompañándose que era difícil no creer que vivían juntos desde siempre.
Eso ocurrió el primer año. El de los viajes a la playa y en el que aunque querían adoptar un gato terminaron comprándose un carro, el año cuando Eduardo dejó de ser drogadicto y consideró incluso la idea de ser padre. El de las promesas hechas y los portarretratos nuevos.
Luego vino el segundo año. El más difícil. Ese donde Eduardo perdió su trabajo como fotógrafo de eventos para una revista de reseña musical y pasaba el tiempo amargado matando tigres para vivir, porque si hay algo que Eduardo tenía eso era el empeño de darle a Carla todo lo que le pidiera., lo que no tuvo fue suerte.
El tercer año hubiese sido casi como el segundo de no ser, porque Carla se acostó con otro. Eduardo ni siquiera descubrió el engaño.
En una de esas peleas que empiezan con cualquier cosa y terminan sin que nadie se de cuenta, ella se lo confesó, así sin más, tal vez por el puro placer de hacerle daño. El se le había quedado mirando, sin gritarle, sin tocarla, sin decir nada. Como cuando se rompe algo y prefieres quedarte viendo los pedazos a tener que recogerlos y botarlos en el bote de basura.
Carla y su pelo azul se fueron en la mañana siguiente. Eduardo durante una semana consideró la idea de salir a matarla y luego matarse él. No tuvo tiempo de tomar la decisión. Carla volvió veintiún días después. Eduardo estaba dormido en el sofá, borracho, desnudo y con las cortinas cerradas y ella abrió la puerta, lo vio, se quitó la ropa y se lo tiró.
Entre los dos se planeo el acuerdo tácito de no volver hablar al respecto. Volvieron a salir, tanto como salían antes. Y a sonreír. Él le tomó todas las fotos que pudo. Seguían sin dinero y sin suerte, pero estaban juntos, porque juntos era que tenían que estar. Hablando siempre y tirando de vez en cuando.
Cuando Eduardo apagó el quinto cigarrillo, Carla salió de la cocina don dos platos de pollo frito, puré de papas y una jarra de limonada. Comieron sin decir palabra, viendo los Simpsons en tv. Tras unas cuantas estupideces de Homero se sorprendieron muertos de la risa. Un segundo después estaban abrazados de nuevo en el sofá. Carla y su pelo azul Eduardo con su barba de dos días, pensando de más en quien aguantaría menos, como esos pobres locos que se quedan viendo un portarretratos que saben que está roto y no se arriesgan a recoger los pedazos.
Christian Mercury

