martes, 7 de septiembre de 2021

Marta.

 

    Era la mañana de un domingo de diciembre, Marta se despertaba de lo que había sido la tercera noche en la que no podía dormir bien, por una pesadilla que no la dejaba en paz.

    Esa mañana a diferencia de las mañanas anteriores, Marta no se levantó de la cama llorando corriendo a abrazar a sus padres, todo lo contrario, se quedó en su cama arropada y relajada sin que nada (más que el recuerdo de esa pesadilla) la molestara.

    Marta tenía apenas 8 años, pero su manera de pensar no era la de una pequeña. Mientras que sus amigas del colegio se interesaban en muñecas a Marta le gusta pasar la mayor parte del tiempo del recreo jugando con hojas secas y animalitos muertos, eso la llevó a ser una niña retraída, introvertida y rechazada y es por eso que no tenía ningún amigo.

    Sus padres y maestros sabían de esa conducta y desde muy pequeña, Marta había estado recibiendo tratamiento psicológico, pero nada de eso funcionó, lo único que lograron esos últimos años en terapia, fue enseñarle a Marta como ocultar lo que realmente le gustaba y comportarse de la manera más “normal” frente a sus papás.

Ella sabía lo que ocurriría ese día y sabía que nada iba a detenerla.

- Marta mi amor ven a comer- Dice la madre de Marta a través de la puerta, pues desde hacía 2 años atrás que le habían dado una habitación sola y sus padres respetaban mucho su privacidad.

 

-     Bajo en un segundo- Contestó la niña aún arropada desde su cama.      

    La madre de marta quien vivía preocupada por el desarrollo psicológico de su hija, era una mujer muy paciente y comprensiva, quien después de un accidente de auto perdió lo que iba a ser su segundo hijo y quedó estéril. Ella a pesar de que quería mucho a su hija lo que realmente deseaba era un niño normal que tuviera amigos y una infancia feliz, como todos los padres desean.

    El padre de Marta era un hombre obeso y alcohólico que cada fin de semana después de unas cuantas cervezas le decía a su mujer que estaba dañada, porque no le podía dar más hijos y la única que tuvo era una loca prospecto de asesina y es por eso que todas las mañanas primero desayunaba él y luego la madre levantaba a Marta para que no tuvieran el mínimo contacto.

-Buenos días mi amor ¿Cómo dormiste anoche?- Pregunta la madre a su hija sabiendo muy bien que hace tres días la molesta una pesadilla, pero sin conocer los detalles de la misma.

 

-Muy bien mami, gracias- Responde Marta.

 

-¿Después del desayuno quieres salir a jugar al patio?  Hace un hermoso día- Le sugiere la madre a Marta para motivarla a salir y que se divierta un rato.

 

-Me encantaría- Responde Marta. -¿Y mi papi? ¿Está en casa?- Pregunta con una sonrisa la pequeña.

 

    Marta adoró desde muy pequeña a su padre, para ella era un hombre encantador muy amoroso y lleno de cariño y seguía opinando lo mismo, pues nunca sintió el ya obvio rechazo de su padre, quien hacía semanas estaba evitándola a como dé lugar.

-Tuvo que salir de inmediato al trabajo - Mintió la mamá a la niña sabiendo que el padre estaba en su habitación evitando verla y pasando la borrachera.

 

-Esperaré hoy a que venga para jugar con él, porque lo extraño mucho- Exclama la niña llena de entusiasmo.

 

    En la cocina había una mesa con un florero de cristal lleno de flores amarillas que la mamá de Marta recogía todas las mañanas del jardín y que por razones que no conocía Marta detestaba con todas sus fuerzas.

    Marta espera con calma a que su madre le sirva el desayuno, pero para su sorpresa esa mañana no desayunaría.

    Marta a la edad de 8 años la mañana de un domingo de diciembre, se paró de su silla, se montó en la mesa, tomó el florero con las flores amarillas, lo rompió, tomó el vidrio más grande, se acercó a su madre y se lo enterró en el cuello; la sangre que emanaba del cuello de su madre, ahora le recorría por sus manos y pintaban los estampados de flores de un vestido color azul cielo de un rojo carmesí lleno de glóbulos rojos.

    La pesadilla que Marta había tenido los últimos 3 días era la de su padre diciéndole que no la quería, porque su madre no servía, porque daba niños mal formados, locos, futuros asesinos, lo que la niña nunca supo es que no era un sueño, eran las cosas que su padre borracho le gritaba a su madre y que ella escuchaba mientras dormida, porque provenían de la habitación de al lado.

    Hoy Marta está recluida hace 5 años en un hospital psiquiátrico infantil, su madre murió y su padre nunca la ha ido a visitar, no se sabe nada de él, hoy por hoy la niña sólo recibe la visita de los enfermeros del hospital para administrarle diariamente la dosis de medicamentos para la ansiedad y mirarla con la misma cara con la que sus padres siempre la vieron, una cara de miedo y desprecio que la hacía sentir como en casa otra vez.

Christian Mercury 

  

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